Martes, noviembre 21, 2017
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Marcela Aguiñaga debe abrir su ropero

ECUADOR (O)  | Ella representa a una casta política que se consolidó durante los 10 años de correísmo. Tiene mucho dinero pero a la hora de descalificar al adversario político recurre al argumento según el cual quien tiene riqueza no tiene legitimidad para representar a nadie, peor aún a los pobres a quienes únicamente ella y los de su casta pueden representar. La casta a la que pertenece Aguiñaga es la única que, con dinero y privilegios, se siente con derecho a representar a los desposeídos.

Por: Martín Pallares

Tomado de 4PELAGATOS.com (O)

Aguiñaga es de las que usa ropa y zapatos caros pero que cuando quiere perjudicar a quien está desafiando supoder no duda en enrostrarle la marca de la ropa y los accesorios que lleva encima. Solo ella y los de su casta pueden andar por la vida con lujos sin dejar de representar a los más pobres.  Lo demostró el 19F cuando apareció en un video en el que aparece quejándose amargamente del Consejo Nacional Electoral y en el que pedía la renuncia de su titular Juan Pablo Pozo, a quien acusa de beneficiar a la candidatura de Guillermo Lasso.

En el video, que fue todo un acontecimiento en redes sociales, Aguiñaga aparece furiosa asegurando que los delegados de la candidatura de Guillermo Lasso en el CNE están fraguando un fraude. ¿Qué pruebas tiene? No muestra documentos o fotografías, no.  La prueba de Aguiñaga es que esos delegados tienen ropa Chanel y lentes Cartier. Lo afirma sin ruborizarse mientras se desgañita gritando a la cámara de algún comedido que la filma. “Son los delegados de Chanel” y tienen “lentes de Cartier”, exclama y adopta enseguida el gesto de satisfacción de haber probado algo fundamental, en este caso que los delegados de Lasso no pueden hacer una veeduría porque no son pobres. Ya vamos a enseñarles unas fotos, agrega como por si queda alguna duda de que los partidarios de Lasso son gente de dinero. Los representantes de Alianza País, en cambio, representan “a la verdadera gente, a la gente sencilla”, sostiene. Y pone trompita y tono de plazuela..

Aguiñaga habla de gente sencilla y pobre, pero nada más alejado de ella que la sencillez y la pobreza. Las redes sociales se han llenado de evidencias que publican usuarios donde se ve, por ejemplo, que los zapatos con los que ella aparece en alguna foto cuestan más de 700 dólares. Resulta que son los Gabrielle Strappy Bow Sandal de Ferragamo, unas sandalias que seguramente ninguna de las gentes sencillas y pobres de las que ella se llena la boca podría comprar en toda una vida.

No hace mucho, las redes publicaron imágenes de ella comprando en finas tiendas en los Estados Unidos y ella misma puso en su página de Facebook una foto en la que ella aparece radiante de felicidad y amor paseando por Nueva York en compañía de su pareja. ¿Los pobres que ella dice representar pueden darse esos lujos? No, eso no importa. Para gente como Aguiñaga lo que importa es que quien desafía el poder que tiene, no puede usar la misma ropa y accesorios que ella.

Uno de los más brillantes retratos de lo que es Marcela Aguiñaga está en una entrevista que diario Expreso le hizo en agosto del 2016. “Casual. Antes de iniciar la charla, Aguiñaga cambia la blusa forma por una polo verde revolucionaria, pero se deja el reloj Tissot en la muñeca y los zapatos Ferragamo azules”, describe el periodista de Expreso retratándola a ella y a los de su casta perfectamente: la revolución de los pobres para la foto, los zapatos Ferragamo para mi consumo. Algo parecido sucedió cuando el video de Aguiñaga despotricando en contra de Pozo fue puesto en redes sociales: una tuitera identificó el dije que lucía Aguiñaga mientras se llenaba la boca de pobreza. Dijo que valía 3 mil dólares.

La casta a la que pertenece Aguiñaga sabe que si no incluye a los pobres y a las masas en su discurso perderá el poder. Y sin poder no hay ingresos que permitan comprar zapatos Ferragamo. Se trata de un grupo social que se ha enriquecido rápidamente bajo el paraguas del Estado derrochador correísta y que ha injertado en su discurso el razonamiento estalinista según el cual quien no es desposeído y miserable no debe tener ningún derecho ni representación.  En la Unión Soviética de los años 30 del siglo pasado, se fusilaba a personas por ser burgueses, porque la burguesía, decían los bolcheviques, son una amenaza para la revolución.  Si quienes asisten a las protestas frente al CNE pertenecen a la clase media y no a las más pobres, entonces esas protestas no tienen valor, razonan los de esta casta política mientras acarician su bufanda Burberry a cuadros.

A esta casta pertenece, por ejemplo, Gabriela Ribadeneira, la presidenta de la Asamblea que canta “que los pobres coman pan y los ricos mierda” pero que no tiene empacho en aparecer en revistas de decoración mostrando su casa de 250 mil dólares. O Rolando Panchana, que de reportero de noticiero de televisión pasó a tener departamento en La Florida luego de su paso por el Gobierno y apareció, asimismo, en fotografías comprando en los EEUU.  O Viviana Bonilla que también se mostró con su esposo comiendo langosta en un restaurante. Todos juran lealtad a un discurso en el que el capital y los EEUU representan el mal pero que a la hora de la verdad no le hacen asco al dinero y viajan, sobre todo, a los EEUU a donde van de shopping. Todos dicen pertenecer a un gobierno o a una ideología que se debe a los pobres y su mejor forma de descalificar a sus rivales es tacharlos de ricos.

Marcela Aguiñaga, si quiere legitimar su argumento de que quienes usan Chanel o Cartier no tienen derecho a entrar a una junta electoral ni representar políticamente a nadie, debería sincerar, al menos, su ropero.  Si en realidad es tan malo tener ropa cara y accesorios de lujo, debería tranquilizar a a sus críticos abriendo su casa y su ropero para que la gente puede ver lo que tiene.  Ah y su colección de zapatos también.

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