Miércoles, septiembre 20, 2017
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La tradición de las totoras sobrevive en manos de mujeres

LATACUNGA RURAL (I) | Pupaná Sur es uno de los barrios de Guaytacama donde se teje artesanías con esta planta. Allí, 15 personas conservan esta actividad y solo tres son hombres. Ellas son mayoría porque la combinan con sus tareas del hogar y el cuidado de los animales. De la venta de tasas, aventadores, farolitos, esteras y otras figuras se ayudan para los gastos del hogar; sus esposos se han visto en la necesidad de buscar trabajo fuera de la casa.

Por: Laura Barreros y Luis Muñoz

Tomado de Fiestero / Cotopaxinoticias.com (I)

Guaytacama – Latacunga (Cotopaxi). La elaboración de estas piezas, que son útiles en las labores domésticas o que fascinan como adornos, encierra realidades económicas, sociales y ambientales poco evidenciadas.

A Rosa Elvira Almachi Marcalla, de 68 años, le preocupa que cada vez menos guaytacamenses se dediquen a elaborarlas. Explica que hay que sentarse a aprender y que aquello implica tiempo. “La gente ahora prefiere un buen sueldo y se emplea en las fábricas  y plantaciones (de brócoli o flores) o motiva a que los jóvenes vayan a la universidad. Solo quedamos los viejitos”.

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En las tiendas de Quito y otras ciudades estas artesanías son costosas, incluso se las vende vía internet. Pero Rosa Elvira recibe dos dólares por una tasa de barro forrada con un tejido de totora fina, que le toma dos horas elaborar. En el mejor de los casos, cuando llegan turistas extranjeros, le pagan tres dólares. Las artesanas de Pupaná Sur se dedican tres o cuatro horas diarias a esta actividad luego de cuidar a los animales; logran cinco o seis tasas en un medio día y las venden en Saquisilí u Otavalo.

Aprender este oficio no fue fácil para Rosa Elvira. Empezó a los 10 años, ayudando a terminar las tasas que tejía su madre, Manuela Marcalla. Cuando se le encargó el trabajo completo, su mamá le exigía que aprenda, le advertía que sería lo único que le daría dinero para vivir.

Los humedales o cochas donde se reproduce la totora se han descuidado. En este barrio hay cinco bien mantenidos y el resto está deteriorado. Los dueños ya no los protegen porque la totora ya no es rentable. Incluso, muchos han tapado esos pantanos con tierra firme, para sembrar pasto; prefieren criar vacas, para vivir de la venta de la leche. Así lo testimonia Bertha Vilca, quien confecciona esteras.

En los últimos años, las canastas de totora han reemplazado a las de palma de cera en Domingo de Ramos, desde que el Ministerio del Ambiente prohibió el uso de esa planta en peligro de extinción. Eso aumentó las ventas y ganancias para las artesanas, pero solo previo a la Semana Santa.

Para los tejidos de tasas y otras artesanías pequeñas se utiliza la totora delgada, que retoña cada tres meses y se corta cuatro veces al año. No todo lo que se corta sirve; la que está quebrada, pequeña o muy fina se va para alimento de los animales. Una vez seleccionada se la seca por seis semanas, dependiendo del clima, ya secada se la puede guardar hasta por seis años en un lugar seco. Cuando se la quiere tejer se la remoja y se la expone al sereno de la noche, para devolverle flexibilidad y evitar que se rompa mientras se la manipula.

Para las esteras sirve la totora gruesa, que se reproduce y se la corta una vez al año.

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