Miércoles, septiembre 20, 2017
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Joseguango Bajo y la fiesta brava

LATACUNGA RURAL (E) | La afición taurina identifica a los habitantes de este sector. Un aficionado taurino y un picador profesional narran sus recuerdos en la arena.

Por: Laura Barreros

Tomado de Fiestero / Cotopaxinoticias.com (E)

Joseguango Bajo – Latacunga (Cotopaxi). Hasta antes de 2008 cuando una consulta popular prohibió las corridas de toros con muerte del animal, era frecuente que Cristóbal Guerra sea parte de las cuadrillas de la feria de Quito o de otras ciudades como Ambato o Riobamba. Este picador profesional se formó en Joseguango Bajo y llegó a la arena de modo anecdótico.

En su natal Píllaro Cristóbal Guerra trabajó desde muy joven cuidando al ganado de lidia de Huagra Wasi (casa del toro), propiedad de Marcelo Cobo. Este empleo le acercó a la dinámica taurina. Llevó el ganado bravo a corridas en la plaza Santa María de Bogotá, El Chaco, en Perú y Jesús del Gran Poder, en Quito.

Cristóbal se trasladó con su familia a Joseguango Bajo para trabajar en la hacienda San José por disposición de Marcelo Cobo.

Los toros, más que un acto festivo

Desde la parroquialización de Joseguango Bajo, en 1973, este juego es parte de las fiestas populares en honor a Santa Marianita. Por varios años el ganado fue donado por Marcelo Cobo. La gente iba en comisión a solicitar la donación, relata su hijo Eduardo Cobo, oriundo del sector y aficionado taurino.

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En mayo de cada año se levantaban altillos con barreras para el espectáculo taurino. Esa actividad era parte del programa de fiesta y marcaba el inicio de los festejos que siempre se dieron con toros de casta.

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En una ocasión, atrás de la Escuela Félix Valencia, se habilitó una plaza de toros donde participó José Luis Cobo y Cristóbal Roldán, de Mulaló. Esta fue una corrida con matanza. Uno de los picadores previstos para la jornada era Antonio Guerra, primo de Cristóbal Guerra, sin embrago Antonio se había emborrachado y no pudo cumplir con la tarea. Ante eso, el matador Cobo le pidió a Cristóbal que pique su toro.

Decidido, sobre su caballo se hizo a la arena. Su altura le facilitó sujetarse con sus piernas al caballo para no caer.  Con fuerza aplicó la puya en el lomo del animal para disminuir su fuerza y medir su bravura. El desempeño fue reconocido por el torero, así inicio de su aprendizaje en este oficio.

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Pasaron cuatro años de jornadas de entrenamiento como aficionado en tientas de machos y vaquillas en un ambiente de ardua competencia con otros aspirantes. La torera española Carla Sánchez le dio el visto bueno que lo certificó como picador profesional.

Sudor en la arena

Cristóbal Guerra tiene 60 años y hace 23 años se desempeña como picador profesional de toros. Con esta labor ha sostenido a su familia. Destacados toreros como El Juli, Sebastián Castella, Morante de la Puebla, Carla Sánchez, El Fandi y Enrique Ponce lo eligieron para que prepare a su toro en varias corridas. Su trabajo demanda tres cosas: manejar bien al caballo, dominar la espuela para controlarlo y sostener la vara para que la puya entre bien.

Pero también hay momentos difíciles, como el vivido en una corrida en 1993 cuando un toro fuerte tumbó el caballo que montaba. El animal cayó sobre su pierna impidiéndole alejarse del toro. En el piso, los pitones del toro despojaron a Cristóbal de su chaqueta y su camisa. El incidente dejó una vareta marcada en su espalda. Es la experiencia más dura que ha atravesado, asegura.

La prohibición de las corridas de toros con matanza significó la quiebra para las actividades económicas vinculadas a la fiesta brava. Para Cristóbal Guerra su participación en la Feria de Quito le representaba casi la mitad de sus ingresos anuales. Con las restricciones vigentes, ahora alterna su trabajo como mayoral en una hacienda de Riobamba con picas esporádicas en plazas de primera, segunda y tercera categoría.

A Eduardo Cobo le preocupa la prohibición de que menores de 12 años contemplen actividades taurinas. A su criterio, esto reduce las posibilidades de dar continuidad al conocimiento de la tauromaquia y mantener viva la afición.

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