Jueves, septiembre 21, 2017
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El artista español Diego Vites redescubre la técnica tigua junto a dos pintores de Cotopaxi

PUJILÍ (F) | La piel de cordero, tensada sobre un bastidor, caracteriza a la estética tigua. Casi tres generaciones han buscado definir unos acabados específicos y un estilo en particular en la comunidad de Tigua, provincia de Cotopaxi (cantón Pujilí). Lo que ahora es una escuela de la artesanía empezó con la ornamentación de tambores, también hecha sobre tejidos de animales, y reconocible actualmente a escala mundial.

Tomado de Diario EL TELÉGRAFO (F)

Quito (Pichincha). La primera vez que Diego Vites (O Grove, Galicia, 1986) llegó a Ecuador fue en 2015. Su residencia artística actual será hasta el 21 de septiembre -con una duración de dos meses y medio- y es parte de una beca con la que desarrollará el proyecto Historiografía Tigua en el Ecuador. El conocimiento de la técnica que caracteriza a Tigua permitió que el artista encontrara similitudes entre la estética del folclore gallego y el andino.

Una veintena de pinturas de Luis Edwin Pastuña (hijo) y Segundo Pastuña (padre) -ambos oriundos de Quilota-, están en la galería No Lugar, en el Centro Histórico de Quito. La residencia incluye la producción de un documental que dirige Miranda Izquierdo, quien junto con Vites hablaron con la familia Toaquiza, que empezó con la técnica en Cotopaxi.

Luis Edwin le contó a este diario que aprendió a dominar la pintura tigua en su comunidad, a la edad de 7 años. Ahora tiene 32 y recuerda que la luz de las velas fue testigo de su aprendizaje en talleres improvisados, donde el apoyo colectivo sostenía la pedagogía de una comunidad.

Sacar la piel del borrego hace que queden restos de sangre, por lo cual ponen las piezas en saquillos a los que no entra el aire durante 4 o 5 días. Cuando se ha suavizado la lana, la retiran y lavan para luego secarla, así se endurece. El remojo provoca que las pieles se adapten a bastidores que son lijados y sobre los que ponen un fondo para pintar.

Luis emplea una tinta especial parecida al óleo sobre la que añade resina, la cual permite el lavado y brillo. Es parte de una innovación que le llamó la atención a Vites.

Sacha Runa es el hombre de la selva, un sujeto al que le salen hojas del cuerpo y aparece de forma ritual en las fiestas del 25 de diciembre, junto con animales salvajes y domésticos.

Ser Xesta, en cambio, es un niño vestido con una planta, el personaje del Mayo vivo o festividad de ese mes que, en el norte español, celebra la llegada de la primavera. Diego ideó una hibridación (Ser Xexta-Sacha Runa) que aparece en medio de un paisaje que puede ser gallego, pero que pueblan personas con poncho andino.

El cuero y vidrio han sido los soportes sobre los cuales Segundo ha pintado obras que ofrece a turistas. El taller está en el barrio La Colmena y, a veces, hace obras bajo pedido. Segundo tiene 56 años, 26 de los cuales los ha dedicado a la pintura.

Una veintena de pinturas de Luis Edwin Pastuña y Segundo Pastuña, ambos oriundos de Quilotoa, están en la galería No Lugar, del Centro Histórico de Quito. Foto: Cortesía

Una hibridación que une dos continentes

La beca de producción Nuevos Valores de 2016, de Pontevedra, para desarrollar la pintura tigua incluida su cosmovisión, introduce piezas de artistas contemporáneos gallegos en obras como las de Olmo Blanco o Jorge Varela. “La idea es que en el cuadro tigua se traduzcan otros códigos y que la obra de otros artistas, no andinos, sea reconocible”, explica el becario, con acento gallego.

La hibridación en la propuesta de Vites incluye una suerte de crítica institucional. Una marcha indígena de mujeres, por ejemplo, interpela a una asociación de reciente formación en España, La Caja de Pandora, que aglutina a unas dos mil activistas que debaten en torno a las relaciones de poder, incluso en el plano cultural.

El cartel con la leyenda “Nunca máis” aparece en otro cuadro tigua y representa al movimiento homónimo que se formó a raíz del derrame de petróleo de un barco en las costas ibéricas. La casa de un artista, junto a un par de manifestantes, aparece cerca a un patio en que el elemento central es un guacamayo que ha sustituido al cormorán.

En otra obra, las puertas de un museo están pobladas por artistas encapuchados. “En Galicia no existe una técnica parecida a la tigua; de aquí me interesó que es una estética ancestral, se vende como tal, pero cuya práctica nace en los setenta y se relaciona a la figura del turista, el viajero que quiere conocer lo indígena”, dice Vites.

El carnaval conllevó a que el artista hiciera lo que llama una ‘especulación antropológica’ que relaciona la estética de su comunidad autónoma, el carnaval y el Corpus Cristi, con el Inty Raymi de los Andes sudamericanos. Hay figuras parecidas a los danzantes, Las Bonitas, con máscaras.

“Tigua hace un microrrelato que, con los conceptos, personajes y aspiraciones de sus artistas, puede hablar de la historia de la pintura en el mundo, una historia que integra todo, se mezcla y tiene similitudes”, dice Vites. Galicia es un país muy rural que tiene su idioma propio, como en Tigua está el kichwa y los bailes de cintas. Los colores de las festividades de ambos territorios se parecen. Esta obra se expondrá en el Museo de Pontevedra.

El desarrollo de esta técnica empezó en 1970, cuando el entonces músico Julio Toaquiza pintó su tambor de cuero de borrego con imágenes de su entorno. Foto: Cortesía

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