Domingo, febrero 18, 2018
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Bajo el volcán

COTOPAXI (O) | Ecuador. A dos horas de Quito, por una autopista de seis carriles que serpentean a más de 3.000 metros sobre el nivel del mar, llego a San Agustín de Callo, antiguo palacio inca, último reducto del imperio al norte de Cuzco. Del siglo XV data esta construcción, situada en las faldas del Cotopaxi, el volcán activo más alto del mundo por su situación geográfica en la línea ecuatorial.

Por: Aura Lucía Mera

Tomado de EL ESPECTADOR.com -Colombia- (O)

Ya en 1820 Alexander von Humboldt había escrito: “La formación de este volcán es la más hermosa y armónica de todos los colosales picos nevados de los Andes. Es un cono perfecto cubierto de un manto de nieve que deslumbra con tal brillo al atardecer que pareciera estar desprendido del azul del cielo”.

En el idioma quichua, Cotopaxi significa “cuello de luna”, ya que en ciertos meses del año la luna llena se instala encima de su cénit, como una hostia sobre la copa sagrada, y en algunos atardeceres naranjas, mientras el sol se despide, la inmensa mole blanca se tiñe de rosa, afirmando que la naturaleza sigue siendo la reina de este universo que estamos obsesionados con destruir.

Su actividad volcánica se había silenciado hace casi 200 años, y ya los moradores de pueblos cercanos como Latacunga, Lasso, Machachi, Sangolqui, Pelileo, Salcedo y las haciendas coloniales y las comunidades indígenas lo veían como una montaña sagrada pero protectora, hasta que hace dos años empezó a rugir y a lanzar fumarolas de gases hirvientes que se alzaban hasta el infinito, y una lluvia persistente de ceniza empezó a caer sobre techos, cultivos, animales y habitantes.

Los controladores sísmicos especializados en vulcanología decretaron alerta máxima y se suspendieron actividades escolares, se evacuaron centros penitenciarios y cientos de campesinos tuvieron que trasladar sus animales a otros lugares y evacuar los puntos donde, en caso de explosión, se verían cubiertos de lahares de lava hirviente en cuestión de minutos, arrasando con todo lo que estuviera en su camino.

Las cenizas llegaron hasta Quito y barrios residenciales situados en el Valle de los Chillos o Cumbaya llegaron a temer que sus casonas desaparecerían ante la furia del coloso.

San Agustín de Callo, ese palacio incaico ahora convertido en uno de los hoteles boutique más bellos del planeta, tuvo que cerrar sus puertas durante ocho largos meses, y desocupar todos sus muebles y enseres, hasta quedar vacío, sellado y muerto, como en Las acacias, ese bambuco que todavía nos llena de lágrimas los ojos, porque nos habla de la ausencia y de aquellos que se fueron, “unos muertos y otros vivos que tenían muerta el alma…”.

Fui testigo presencial de la desolación, del vacío de los salones y habitaciones, de sus puertas y ventanas selladas, de sus jardines cubiertos de ceniza… escuchando ese silencio aterrador y sobrecogedor de las risas, la vida, la energía y las voces que desaparecieron y quedaron sepultadas bajo el recuerdo y la nostalgia.

Vuelvo. San Agustín, ese tesoro inca bajo el volcán, vive de nuevo. Recobró su antiguo esplendor gracias al valor, el tesón y la fe de su propietaria Mignon Plaza, descendiente de esa casta pura ecuatoriana que no se deja intimidar ni doblegar. Volvió a abrir sus puertas, ya convencida de que el Cotopaxi perdonará, si se enfurece de nuevo, ese tesoro sagrado inca, cuyas piedras han resistido sus embates desde hace más de 600 años.

Miro desde la sala incásica al coloso nevado… un atardecer espectacular lo ilumina y el Chimborazo se desnuda impúdico bajo el cielo azul para reafirmarnos que ellos son los reyes y jamás se dejarán doblegar por la capacidad destructora del hombre… que ellos sobrevivirán mientras nosotros estamos fabricando nuestra desaparición.

Sí. ¡Estoy sentada, muda, maravillada y en éxtasis humilde bajo el volcán!

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