Martes, mayo 23, 2017
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¿Alguien cree que René Ramírez pagará su más reciente estafa?

ECUADOR (O) | Que el titular de la Senescyt  haya sido pillado con las manos en la masa falsificando una supuesta encuesta electoral y atribuyéndola, fraudulentamente, a una de las universidades más prestigiosas del mundo no solo es un delito que debería ser sancionado: es una abominable muestra de deshonestidad intelectual incompatible con quien se desempeña como máxima y absoluta autoridad de la educación del país.

Por: Martín Pallares

Tomado de 4PELAGATOS.com  (O)

René Ramírez colocó en su cuenta de Twitter una supuesta consulta que daba la victoria a Lenín Moreno en las elecciones con un 41 % de votos seguido de Guillermo Lasso con un 18%. Empujado por alguna irrefrenable urgencia de hacer proselitismo por el candidato de Gobierno, Ramírez no tuvo empacho en afirmar que esa encuesta había sido hecha por la universidad de Georgetown, dejando en evidencia que sus intereses partidistas le importan mucho más que sus supuestos pergaminos de intelectual de los que presume constantemente.

Poco tiempo luego de lo que hizo Ramírez varios usuarios de redes sociales indagaran sobre el tema y se toparon con que la consulta no existía. Mucho peor aún, Héctor Shamis, profesor de esa universidad y columnista de El País de España aseguró, asimismo en Twitter, que no había ninguna encuesta electoral hecha en el Ecuador.

La cereza del pastel a este escándalo la puso Matthew Carnes, director del Centro para Estudios de América Latina de Georgetown, instituto que según el tuit de Ramírez había hecho la encuesta, cuando apareció en Twitter afirmando que ellos no habían hecho encuesta alguna. Además dijo que Ramírez había usado fraudulentamente el logo del instituto. Papelón. Lo hecho fue tan escandaloso que Ramírez borró su tuit ante la avalancha de críticas que se le hicieron.

Cabe la posibilidad de que Ramírez haya sido embaucado por alguien que le garantizó que esa encuesta era verdadera. Pero si no salió a ofrecer disculpas y explicar lo sucedido, ante la abrumadora evidencia de que la encuesta era una farsa, es porque no tiene sangre en la cara ni la calidad ética que debe tener cualquier funcionario público. No haber reconocido el error configura la intención de estafar.

Lo más grave de este atentado a la fe pública y falsedad de instrumento privado, como dicen los penalistas, es que el Ecuador de inicios del 2017 está tan descompuesto institucionalmente y tan éticamente abatido, que lo hecho por Ramírez seguramente no pasará de ser una anécdota que, con suerte, será recordada en los próximos años. Esto porque un importante segmento de la sociedad ecuatoriana, poco a poco, ha ido asumiendo como normal lo que es profunda y escandalosamente anormal.

No es la primera vez que un caso de deshonestidad intelectual tan contundente como el de René Ramírez se ha producido durante el correísmo. Han sido varios los casos de plagio o fraude y todos han terminado como seguramente lo hará este episodio: en nada. El mismo Ramírez estuvo envuelto en la desaparición del registro de su esposa que ganaba doble sueldo. No pasó nada. No pasó nada tampoco cuando se probó que Jorge Glas había copiado buena parte de su tesis de una monografía del Rincón del Vago. O cuando los hermanos Vinicio y Fernando Alvarado se graduaron de doctores en periodismo, un título que no existe en el Ecuador, con una tesis supuestamente hecha junto a su mamá y su papá tomándose, sin atribuir al autor, párrafos enteros de un ensayo del español Fernando Savater. Lo hicieron en combo y con una tesis titulada “La Radio Ondas Quevedeñas en el Desarrollo Formativo de la Niñez de la Ciudad de Quevedo”, que a duras penas si hubiera servido para una monografía de bachillerato. Luego está, también, la encuesta que publicó hace pocos días la agencia Andes y que la atribuyó a la agencia Numma. En esa supuesta encuesta se afirmaba que Lenin Moreno gana en primera vuelta. Numma salió a decir que ellos no habían hecho ninguna encuesta. ¿Un organismo del estado estafando la fe pública?  Insólito.

Que no haya instituciones ni autoridades que fiscalicen estas anormalidades ha hecho que éstas se vayan convirtiendo en cosas perfectamente normales. ¿Alguien en su sano juicio piensa que la Fiscalía iniciará un proceso en contra de Ramírez? ¿O que la Asamblea lo llamará a informar sobre lo ocurrido? ¿O que el Presidente le pedirá la renuncia por haber hecho algo vergonzoso que empaña a la administración pública? Es evidente que todo eso, que sería lo normal en una sociedad donde impere el derecho, no ocurrirá. Lo que acaba de hacer Ramírez se ha convertido en parte del paisaje. Nada que llame la atención.

Lo triste es que el Ecuador no siempre fue así. Al menos en temas de fraude a la fe pública. En enero de 1997, habrá que recordar, el Congreso censuró a la entonces ministra de Educación Sandra Correa, acusada de haber plagiado una tesis de otra mujer para editar un libro de su autoría. Sandra Correa renunció ante la magnitud del escándalo que fue descubierto por una prensa que no vivía maniatada ni aterrorizada ante posibles sanciones como ocurre hoy en día. En ese entonces, plagiar una tesis y permanecer en el cargo de Ministro era considerado por la opinión pública como algo inadmisible. No había gobierno dispuesto a tolerar un acto así ni a soportar el embate de una opinión pública escandalizada por algo terriblemente anormal. Diario HOY, por ejemplo, publicó a día seguido un párrafo de la tesis de la ministra al lado de la tesis copiada hasta que Correa renunció. Además, la Universidad Central retiró el título de doctora a la señora Correa. Eso era y aún debería ser, a fin de cuentas, lo normal.

Un escenario como el que hubo en 1997 con Sandra Correa es ahora impensable. Jorge Glas siguió siendo vicepresidente y ahora es candidato a repetirse en ese cargo a pesar de que su plagio fue evidente y ni siquiera él lo negó. No fue censurado, no renunció  y es candidato a la Vicepresidencia con ese fardo delictivo sobre sus espaldas. En el caso de la graduación de los hermanos Alvarado ocurrió lo mismo: las autoridades que regulan la educación, controladas por el propio René Ramírez, jamás hicieron algo para investigar y analizar su impresentable doctorado.

El correísmo es la mejor evidencia de que la normalización de lo anormal en la esfera pública es el mejor camino para la consolidación del autoritarismo. Resistirse a la normalización de actos como el cometido por Ramírez es parte esencial de la construcción diaria de una sociedad democrática. Hace poco, en el Los Angeles Review of Books, el historiador Ron Rosenbaum publicó un artículo en el que, a propósito de la Presidencia de Donald Trump, recordó la forma en que los nazis se afianzaron en el poder gracias a que sus atrocidades fueron asumidas poco a poco como normales en la Alemania de los años 30 del siglo pasado. Solo hubo un diario, sostiene, que se rehusó a aceptar como normales los atropellos de Hitler y los suyos: el Munich Post que publicaba la lista de las cosas que no podían ni debían ser asimiladas como normales. Ese diario fue clausurado y casi todos sus periodistas asesinados. Pero su resistencia a la normalización fue una victoria de la verdad y la resistencia, sostiene Rosenbaum.

Inventarse una encuesta para favorecer a determinado candidato y atribuirla a quien jamás la hizo, ¿puede ser asumido como algo normal? ¿Puede ser visto como algo sobre lo que no hay nada que merezca hacer?  Si eso llega a ocurrir, cualquier atrocidad puede ser normalizada y, por ende, tolerada.

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